Por: Ricardo Soberón, analista
Estamos en un momento donde se produce quizá el mayor distanciamiento en las relaciones entre Washington y Bruselas, desde el inicio de la II Guerra Mundial en 1939, o poco después en 1949 cuando se formó la OTAN. La alianza transatlántica no es más el centro de las relaciones internacionales ni la política exterior de EE. UU, reduciendo el tamaño y alcance de su despliegue militar en dicha región; a cambio fortalece su presencia en el hemisferio occidental, como lo confirma la situación en Venezuela.
La reciente publicación de la Estrategia sobre Seguridad Nacional del gobierno de Trump evidencia esta distancia (en su primera administración elaboró un documento similar pero no de tanto alcance). El objetivo fundamental del documento es asegurar la supremacía norteamericana en el mundo. Se establece un nuevo rol de EE. UU respecto al resto de Occidente. Se prevé el retiro de altos oficiales de mando medio y superior en el escalafón de la NATO.
Basada en una política pragmática de realismo transaccional en defensa de intereses nacionales, tales como su predominancia en el hemisferio occidental. Hace correcciones para salir de la anterior búsqueda de una primacía global que ha atentado contra los intereses americanos. Así pues, se reconoce a sí misma como un poder hemisférico fortificado antes que un hegemon global Reducción de China de una amenaza principal, a la noción de competidor económico. EE. UU sale de la categoría tendencial de considerarse una potencia de alcance global, ello tiene inmediatas repercusiones en el hemisferio
Pero es con Europa fundamentalmente que las cosas cambian: deja los asuntos ucranianos en manos de Europa. Pone fin a la idea de la OTAN como una alianza en permanente expansión. Critica a Europa por su estancamiento económico, su declive demográfico y pérdida de soberanía por las instancias comunitarias convertidas en una progresiva desaparición de su rol civilizatorio.