LA POCA FIABILIDAD Y CONFIANZA QUE PROYECTA EE. UU DE TRUMP.

Por: Ricardo Soberón, analista internacional

Desde su aparición en la escena internacional a finales del siglo XVIII, EE. UU paulatinamente, ha hecho gala de una capacidad de proyectar liderazgo y confianza urbi et orbi, en lo que se suele llamar un “Orden Internacional Liberal” (OIL), basado en el multilateralismo, el libre comercio y el liberalismo político (Ikenberry 2018[1] y Nye 2019[2]). Es el caso específico de la aparición del panamericanismo para enfrentar los intentos de agresión europeo sobre el hemisferio, en el siglo XIX, donde apareció la mal interpretada Doctrina Monroe (1823).

Esto se ha hecho más evidente en períodos aciagos de la humanidad como es el período de las Guerras Mundiales donde la Doctrina Wilson permitió no solo los instrumentos propios de Versalles en 1919 sino principalmente la creación de la Liga de Naciones. O con mayor fuerza, en la época inmediatamente posterior a la rendición de Alemania y Japón y el advenimiento del sistema de las Naciones Unidas, mediante la suscripción de la Carta de San Francisco en 1945.  Aunque con menos brillo, el último intento de los gobiernos norteamericanos por liderar esfuerzos internacionales ocurrió con la tristemente denominada “Guerra contra el Terrorismo” con posterioridad a los ataques a Nueva York y Washington en setiembre del 2001. Ya para ese entonces, se empezaron a percibir los primeros atisbos y fisuras de un liderazgo que no siempre se caracterizaba por estar de la mano con los principios éticos que deben guiar la acción de las naciones.

Esta crisis de fiabilidad y confianza se han venido abruptamente abajo durante la administración Trump (enero 2025), el gobierno más incompetente en términos de conducción de Relaciones Internacionales. La proyección del principio doméstico del “America First” en el concierto internacional, ha tenido resultados pobres, contradictorios y carente de argumentación y legitimidad. Así ha sucedido con la adopción de una política exterior basada en meros intereses transaccionales inmediatistas, basado en la proyección pura de poder. La supuesta preeminencia de los intereses económicos nacionales queda en evidencia en el caso de sus políticas migratorias que han afectado severamente el empleo al interior de los EE.IUU. Así tenemos la implementación de una guerra comercial basada en la imposición unilateral y desproporcionada de aranceles no solamente trajo efectos domésticos negativos, pero por sobre todo rompió en los hechos con una plataforma global sustentada en el libre comercio y un conjunto global de medios y procedimientos comerciales. Se han roto 30 tratados comerciales individuales o colectivos, que tardaron mucho tiempo en ser perfeccionados.

La poca fiabilidad entre un discurso plagado de mentiras y “falsas banderas” o el simple debilitamiento de mecanismos y subsistemas internacionales como consecuencia de falsos pre conceptos al interior de la administración Trump, no ha tenido límites ni “check and balances” al interior del propio Capitolio: la salida de la OMS, de la UNESCO, de UNICEF, la ruptura de la cooperación humanitaria, han generado una desconfianza sin límites a la acción de Washington, especialmente en las zonas más convulsionadas del mundo.

El unilateralismo con el que se ha conducido el Departamento de Estado de Marco Rubio ha tenido consecuencias dramáticas en materia de comercio cuando sustenta -falsamente- el origen de los aranceles, lo mismo sucede en materia de medio ambiente al negar la existencia del cambio climático, o en el caso de control de drogas cuando apela a este problema para justificar el asesinato de más de 100 personas en el Caribe o el Pacífico, o por último en materia de control de armas, cuando define su doctrina en materia de armas y arsenal nuclear.

Quizá el caso más visible del problema inherente a Washington sea su aproximación actual al caso de Venezuela, en donde ha desatado una ofensiva política, jurídica y militar que no tiene proporción en la historia contemporánea. Desde la aparición en el escenario regional del chavismo en 1998, las relaciones entre EE. UU y Venezuela han estado marcadas por la distancia y la confrontación, esto es evidente. Apoyo a la oposición en Caracas, intentos de golpe de estado, la adopción de un régimen de sanciones diversas, el progresivo aislamiento de Caracas, han sido instrumentos recurrentes.

Pero lo que sucede desde el inicio del 2025, no tiene parangón. La adopción de ordenes ejecutivas migratorias, el incremento de un régimen de sanciones, falsas acusaciones sin fundamento han sido el terreno propicio. La muerte de civiles mediante el uso indiscriminado de armamento cinético militar o la captura de los petroleros venezolanos, muestran un poder chato, carente de toda visión y legitimidad, lo que le ha representado la oposición del sistema internacional, del concierto de naciones, de otras potencias, y como no, del hemisferio occidental salvo el caso de sus aliados cercanos. Si a ello le sumamos sus interferencias en procesos electorales recientes, la reiteración de su interés sobre Groenlandia, la continuación de sus políticas anti migratorias y el completo desconocimiento a la historia y posición de la diplomacia latinoamericana, vemos que la fiabilidad de Washington debe estar cercana a cero.


[1] “Introduction to International Relations: Perspectives, Connections and Enduring Questions”.

[2]  “American Soft Power in the Age of Trump”

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